El hombre civilizado basa su convivencia en la renuncia al uso civil de las armas y su delegación en favor del Estado. Éste, a su vez, instituye sus organismos de seguridad a quienes faculta en las tareas de hacer cumplir la ley mediante el uso de la fuerza. Para ello nutre a sus integrantes con uniformes, medios de transporte, comunicación y armas, en general bastones, pistolas o armas de mayor calibre. Correlativamente es su obligación instruirlos y entrenarlos en la más amplia gama de recursos para el cumplimiento de su cometido. Los umbrales de represión son tanto más altos cuanto mayor el poder de las armas a disposición y, cuanto menor el nivel de instrucción y entrenamiento, mayor es la tendencia a apelar a los medios más contundentes. Así presenciamos casos de claros abusos en las tareas control cuando, frente a desórdenes menores causados por personas desarmadas, se apela a actos de represión desmedidos y sin correlación con el episodio ni con las personas involucradas. Debemos reconocer que no es fácil la tarea de las fuerzas de seguridad, ya sean públicas o privadas. El mismo agente puede tener que hacer frente desde agresores armados dispuestos a matar, hasta a jovencitos extraviados que no irán más allá de unos gritos o pataleos. Es como si le pidiéramos al carnicero que en un momento dado se aparte de la media res y con la misma cuchilla se aplique a una operación de cerebro. Y lo cierto que es eso lo que le exigimos. En fracciones de segundo este policía, guardia o vigilador debe distinguir al criminal del alterado, y aplicar los remedios y los métodos adecuados a cada uno. Esto exige una preparación y entrenamiento en un arco mucho más amplio de contingencias y la modelación de una personalidad equilibrada, de decisiones rápidas y decididas, pero a la vez medidas conforme la situación. La ignorancia es la madre de la brutalidad y quien no conoce técnicas no destructivas para controlar o calmar a un alborotador, lo hará a los palazos o a los tiros. Lamentablemente sobran las noticias en este sentido. En estas épocas en que tanto se valora el respeto por los derechos humanos, el Estado y las organizaciones encargadas de velar por la seguridad pública, deben esmerarse por proporcionar a su personal de los instrumentos y las actitudes concordantes con tales exigencias. No hacerlo significa asumir una grave responsabilidad por omisión. Así como no basta la instrucción teórica y se requiere de la práctica para enseñar el uso de un arma, del mismo modo no basta con declamar los derechos humanos sin enseñarle a la persona a la que le damos la responsabilidad de vigilar y proteger, qué hacer frente a agresiones o alteraciones de baja intensidad, sin apelar a métodos destructivos. Aikido proporciona herramientas indispensables en este aspecto. Los recursos de inmovilización, pacificación y control, junto con una actitud serena y firme, resultan claves para el cumplimiento responsable de la obligación de proteger a la comunidad, incluidos a los mismos revoltosos. Aikido evita el choque destructivo y recurre al arte de la confluencia para unirse al ataque del agresor y apropiarse de su energía, el desequilibrio para desviarla y redireccionarla, las proyecciones cuando hace falta derribar sin acudir a los golpes y las palancas para una efectiva inmovilización. El constante dominio del centro físico se extiende a lo psicológico, invirtiendo la dirección del conflicto desde la escalada al apaciguamiento. Esto no significa que no existan técnicas contundentes en Aikido. El cuerpo de práctica del Aikido incluye el la aplicación de golpes, técnicas de desarme de armas de mano (cuchillo y revolver, con las limitaciones dadas por la distancia) e inmovilizaciones útiles para calmar o inclusive, si es el caso, esposar. Aikido requiere de entrenamiento regular y constante. Este entrenamiento no se contrapone sino que completa al que se proporciona tradicionalmente a las fuerzas de seguridad.
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