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El
Aikido
Los
objetivos y los efectos de la práctica del
Aikido son de gran amplitud y, por tal motivo,
deben ser analizados en varios
niveles.
En su faz
superior el Aikido busca formar el
carácter, respetando las leyes de la
naturaleza, logrando el fortalecimiento interno
al punto de que ese poder sea expresado en
movimientos y acciones suaves, tal como la
naturaleza, cuyos movimientos son eficientes,
racionales y suaves, pero su centro es
inamovible, firme y estable.
Esto puede ser dicho del Espacio, de los
cuerpos celestes y de la Tierra -todos ellos
tienen un núcleo firme- y lo mismo vale
para los seres humanos. Estos núcleos
deben unificarse para que la culminación
de la naturaleza pueda ser expresada.
Manteniendo
este centro firme y estable, los movimientos
del Aikido, con su énfasis en la
rotación esférica, se caracterizan
por la fluidez de sus movimientos enfocados a
absorber, redireccionar y controlar la fuerza
de uno o varios oponentes que pueden ser
superiores en tamaño, fuerza y
experiencia.
Aún cuando los movimientos del Aikido son
suaves y racionales como los de la naturaleza,
cuando se les aplica algo más de
energía se convierten en duros y
devastadores.
La cualidad
amable y suave del Aikido lo hace atractivo
para personas de todas las edades. De hecho el
Aikido puede ser disfrutado por hombres y
mujeres de todas las edades y niños. No
solo ofrece un desarrollo espiritual sino que
provee de ejercicio físico, dominio de
técnicas de autodefensa y enseña el
valor de la formas de comportamiento
apropiadas.
Aikido
(el camino de la armonía con el Ki) busca
alcanzar la total unificación del Ki
universal (energía cósmica) con el Ki
individual (energía vital).
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